La ciudad es demasiado vertiginosa, ¿no lo crees? Demasiado ruido, demasiada contaminación. Siempre rojo el asfalto, cubierto de lluvia y el reflejo de los autos. Tantas llantas que no van a ningún lado...
Mientras tú haces acopio de todas tus conclusiones, tratando de hallar una sola con sentido. No es tiempo lo que te falta, si no tranquilidad. Se trata de tirar el ansiolítico por el lavabo y el libro de autoayuda por la ventana, para que te des cuenta de que cuando dejes de usarlos, seguirás igual que antes.
Que siempre que regreses a la ciudad seguirás igual que antes.
Y no intentes buscar respuestas en internet. No, no sirve de nada la yoga, ni la dieta ni el gimnasio. Tu psicólogo no te va a ayudar a hacer ejercicios de respiración. El budismo no te va a salvar del dolor. Y mucho menos ese disco de los Bee Gees.
Porque solo tú puedes salvarte a ti mismo. En el fondo, lo sabes. Pero no quieres hacerlo.
De hecho, tampoco tiene nada de malo.
Hasta que te das cuenta de que si te escudas bajo la misma excusa de siempre "Ha sido un mal día" nada te garantiza que al final no terminarás diciendo "Ha sido una mala vida"
Por eso, para salvarte a ti mismo, olvidate de salvarte.
Antes de que pases toda tu vida creyendo que podrías solucionarla, como si fuera un problema.
Si es un problema, solo el fin del problema supone la salvación. Y no creo que quieras eso.
No, no. Tú pierde el tiempo y no sufras al hacerlo, porque si no lo haces en realidad lo habrás ganado. Como cuando el final de esta entrada se descontrola. Reparas en que no importa.
El caso es escribir, que si no lo haces te sientes vacía. ¿Qué más da si es bueno o malo?
Vive y te darás cuenta de que el mejor consejo filosófico que podrás recibir jamás vendrá de una suricata animada y un jabalí de una película para niños.
(Hakuna Matata)
Qué más da.
Suelto un YOLO de una vez.
Carpe Diem.
Me vale madres.
Filosofía pura, ah.
¡Creo que voy a empezar a romperme!
lunes, 8 de abril de 2013
viernes, 22 de marzo de 2013
Preludio
¿A qué sabe la libertad?
A menta, tal vez. Sabe a primavera, al rocío inexplicable que se esconde entre el pasto. A las nubes alejadas que no saben que tienen forma y provocan risa. A las expediciones que hacías al mar con tu familia cuando eras adolescente, cuando no te gustaba ir y ahora es un recuerdo que conservas en una fotografía porque en el fondo la pasabas bien. Huele a vainilla todavía y ya no duele saber que terminó, porque basta retroceder para darte cuenta de que no fue ningún error. A las hojas secas que el otoño heredó a las demás estaciones. En ocasiones, también es salada, cuando lloras y el sabor de las lágrimas se queda en tus labios. Porque puedes llorar, porque estás triste y eso significa que también puedes sentir. Y sobre todo, significa que estás vivo.
Y no te molesta mirar atrás.
A menta, tal vez. Sabe a primavera, al rocío inexplicable que se esconde entre el pasto. A las nubes alejadas que no saben que tienen forma y provocan risa. A las expediciones que hacías al mar con tu familia cuando eras adolescente, cuando no te gustaba ir y ahora es un recuerdo que conservas en una fotografía porque en el fondo la pasabas bien. Huele a vainilla todavía y ya no duele saber que terminó, porque basta retroceder para darte cuenta de que no fue ningún error. A las hojas secas que el otoño heredó a las demás estaciones. En ocasiones, también es salada, cuando lloras y el sabor de las lágrimas se queda en tus labios. Porque puedes llorar, porque estás triste y eso significa que también puedes sentir. Y sobre todo, significa que estás vivo.
Y no te molesta mirar atrás.
martes, 19 de marzo de 2013
Electricidad
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| Alejate. |
Llevo un incendio bien escondido en la palma de la mano. Puedo controlarlo o descontrolarlo. Y te puedo ver a ti en medio claramente.
Si no me dejas escuchar el silencio real, la advertencia será en serio. No me refiero al silencio solitario, ensordecedor. Si no el sonido del final y del principio. De la paz que es efímera, pero existe.
La canción que sigue sonando. "Los soñadores débiles se esconden en las iglesias, los soñadores débiles se esconden en las iglesias" murmura una y otra vez. Eso es lo que quiero yo. Que tú dejes de mentir, que huyas de aquí.
Antes de que me ponga eléctrica.
Luces
¿Qué tan egoísta es querer regresar una luz a la oscuridad porque solo cuando era sombra compaginaba contigo?
Desorden mental
¿Como es que si dura tan poco, importa tanto? Cala, como cada soplo que le doy a mi cigarro. ¿sabes? se pasean por la calle teniendo la certeza de que nada les pasará. ¿Como están tan seguros?
Te diriges a la esquina del callejón. Lo rodeas con destreza, describiendo un círculo de pasos confundidos que pretenden saber perfectamente hacia donde van. Pones tus dedos sobre los ladrillos ásperos de la pared, te raspas los nudillos, dejando una marca blanca en ellos y giras. No importa.
Es tan fácil precipitarse al vacío cuando no tienes nada que perder, o eso dicen. Pero se equivocan. Se trata de ese impetu al que los demás se aferran con vehemencia excesiva, eso que les vincula a todos. Contamina tus ideas, traspasa tu corazón y domina tus pasos errantes. ¿Y si yo no soy así? ¿Por qué no?
Empiezas a escalar, como si fuera fácil. Peldaño por peldaño, lástima que no los haya. No te sueltas porque tus manos y piernas vuelan. Una caída no es lo peor. Tú te cuelgas, tú también vuelas. Eres frágil, ¿no lo has sido siempre? Ahora lo aprovechas. Saltas. Llegas al tejado.
Mientes, tal vez. Es dificíl de saber cuando todos son actores. Se disfrazan, eso no se puede negar, todos lo hacemos. No hay excepciones, es inapelable como una norma gramatical. ¿Qué máscara llevas tú, y para qué te la pones?
El domo se burla de ti, prepotente. Sabe lo asustado que estás.
Creo que no soy nada.
Lo rompes con el puño. Estalla en mil pedazos transparentes, tu mano está enrojecida. Sangras, no duele. Sudas.
No sé si puedo ser igual, el tiempo se acaba.
Te dejas caer, primero sobre tu pierna izquierda y luego la derecha. Estaba más alto de lo que pensabas. No calculas bien. Intentas levantarte, tus huesos truenan y se sacuden. En tu cabeza hay un grito de sal, el aire huye.
Ayuda.
Te levantas. La cabeza está febril y tu cuerpo intacto. No habías entendido que no te pasó nada. Das diecisiete pasos sobre el piso de ajedrez y te cuelas en la fiesta. Humo.
No tiene porque acabar mal.
Y vas a salvarte.
Y voy a salvarme. (Al menos eso creo)
Te diriges a la esquina del callejón. Lo rodeas con destreza, describiendo un círculo de pasos confundidos que pretenden saber perfectamente hacia donde van. Pones tus dedos sobre los ladrillos ásperos de la pared, te raspas los nudillos, dejando una marca blanca en ellos y giras. No importa.
Es tan fácil precipitarse al vacío cuando no tienes nada que perder, o eso dicen. Pero se equivocan. Se trata de ese impetu al que los demás se aferran con vehemencia excesiva, eso que les vincula a todos. Contamina tus ideas, traspasa tu corazón y domina tus pasos errantes. ¿Y si yo no soy así? ¿Por qué no?
Empiezas a escalar, como si fuera fácil. Peldaño por peldaño, lástima que no los haya. No te sueltas porque tus manos y piernas vuelan. Una caída no es lo peor. Tú te cuelgas, tú también vuelas. Eres frágil, ¿no lo has sido siempre? Ahora lo aprovechas. Saltas. Llegas al tejado.
Mientes, tal vez. Es dificíl de saber cuando todos son actores. Se disfrazan, eso no se puede negar, todos lo hacemos. No hay excepciones, es inapelable como una norma gramatical. ¿Qué máscara llevas tú, y para qué te la pones?
El domo se burla de ti, prepotente. Sabe lo asustado que estás.
Creo que no soy nada.
Lo rompes con el puño. Estalla en mil pedazos transparentes, tu mano está enrojecida. Sangras, no duele. Sudas.
No sé si puedo ser igual, el tiempo se acaba.
Te dejas caer, primero sobre tu pierna izquierda y luego la derecha. Estaba más alto de lo que pensabas. No calculas bien. Intentas levantarte, tus huesos truenan y se sacuden. En tu cabeza hay un grito de sal, el aire huye.
Ayuda.
Te levantas. La cabeza está febril y tu cuerpo intacto. No habías entendido que no te pasó nada. Das diecisiete pasos sobre el piso de ajedrez y te cuelas en la fiesta. Humo.
No tiene porque acabar mal.
Y vas a salvarte.
Y voy a salvarme. (Al menos eso creo)
lunes, 18 de marzo de 2013
Crónicas del espejo de Desortell
// Este es un libro que no existe, ni existirá. Porque no lo voy a escribir, se va a quedar en mi mente. Pero es una historia que me gusta, y es uno de los antecedentes de LAN, así que... Este sería uno de sus fragmentos. Btw, quiero agradecer a Pau-pau porque hay textos que salen solo por ella. Como este. Mi musita. //
La última reina
No
podía respirar, de eso estaba segura. El aire sencillamente le faltaba. Abrió
los ojos, consciente de que se ahogaba y los volvió a cerrar. Se aferró al poco
oxígeno que retenía la habitación, inundándose de una sensación de alivio.
Exhaló.
La
silueta que se refugiaba en la sombra salió de su escondite.
—Ya
sé que mañana moriré—dijo la mujer a la figura recién llegada—. No tienes que
venir a recordármelo.
Recibió
como respuesta el esbozo de una sonrisa irónica. La aludida dio un paso,
desplegando hacia atrás la capucha y revelando un rostro femenino bastante
conocido.
—Creí
que te gustaría ser asfixiada antes de tiempo. Es un gesto muy amable,
considerando lo que te pasará al amanecer, su
majestad.
—Tengo
nombre—le escupió, con voz ronca. Tosió antes de proseguir, inclinándose sobre
la silla—. Y si te queda un poco de dignidad, te agradecería que respetaras mi
voluntad y me siguieras llamando como te lo indiqué.
—¿Lillian?
Por favor. Mañana estarás muerta, Lily. La ahorcada. La condenada. Lily, la
muerta—. Hizo énfasis en la última palabra, intentando entender el significado
que conllevaban sus propias frases. Tratando de comprender el peso de que
finalmente no volvería a verla, de que esa era su última noche.
—Aura,
lárgate de mi habitación.
Ella
se acercó todavía más, señalando las manos de Lillian con actitud desafiante.
“Te recuerdo que sigues atada.” Pensó. Tenía las comisuras de los labios
arqueadas y lágrimas en los ojos.
—¿Ni
siquiera vas a preguntarme qué hice para
intentar sofocarte?—curveó demasiado la voz, fingiendo decepción.
Inocencia. Nada de eso le quedaba ya—. Estuve quemando unas cuantas cosas. ¿No
quieres adivinar?
Lillian
propinó dos patadas al piso con desesperación. Tenía todo el cuerpo entumecido
por el frío, cada segundo que pasaba agregándole un dolor ligero al peso sobre
su espalda. Solo quería aprovechar las últimas horas de su vida bajo la sombra
de la inconsciencia.
La
alegría se extendió en el rostro de Aura a la velocidad de la pólvora. Le
encantaba verla agonizando. Deslizó los dedos por la tela raída de su chaqueta,
desde el brazo hasta la muñeca izquierda. Tenía, literalmente, un as bajo la
manga.
Sostuvo
la carta entre su dedo medio e índice, colocándola a la altura de los ojos de
su adversaria para que pudiera verla, a pesar de la oscuridad. Sin soltarla,
las chispas bordearon las esquinas del papel, consumiéndola hasta llegar al
centro. El fuego proveniente de sus dedos dio paso a un olor fuerte a quemado y
cenizas que se esparcieron por el piso. Las cejas de ambas recibieron el ardor,
pero ninguna de ellas se movió.
—Si
te soy sincera, ni siquiera sé que significaba esa carta—susurró Lillian con
sorna. Sentía tranquilidad, a pesar de todo.
—Que
he quemado tus posibilidades. En todo caso, tengo otra. Esta es especial para
ti.
Le
mostró el dorso del objeto, coloreado con cientos de dibujos diminutos. Las
antorchas varadas en la esquina hacían resplandecer los excesivos colores rojos
con fuerza. Del otro lado, Aura veía con perfección la carta, no sin dejar de
cruzar miradas con la otra mujer.
—¿Picas?—sugirió
Lillian— Corazones, tal vez. ¿De qué se
trata esta vez? ¿Intentas presumirme lo que te falta, querida?
Aura
parpadeó. Por una vez, su sonrisa
desapareció. Abrió la boca, desorientada, pero la volvió a cerrar arrepintiéndose
de no poder encontrar una contestación inteligente.
Dio
unos pasos hacia atrás apretando los dientes.
—Esta
noche la reina arderá—los labios le temblaron al pronunciar esas palabras. Pero
había volteado la carta, revelando su dibujo: era la reina. Lillian lo entendió
al instante, pero estaba demasiado apretada en la silla para poder soltarse. El
fuego se propagó demasiado rápido, reduciendo la carta en segundos. Gritó.
Desde
la ventana, vio el lugar donde se encontraba su castillo. Ahora, no había nada.
Solo un resplandor anaranjado y azul que solo parecía crecer. Vigas cayendo.
Podía oler la desesperación, podía sentirla con sus dedos.
Pero
para ella, ya era muy tarde.
Aura
se despidió con la última sonrisa de la noche. Cerró con un portazo pesado que
produjo eco.
Un
eco silencioso, vacío.
El
último que escucharía la reina.
sábado, 2 de febrero de 2013
Cometa triste
![]() |
| Ella voló. |
Me observaban. Todos, sin excepción me veían de la misma manera. Era una mirada extraña, que se anclaba de pupila a pupila y me decía algo que yo no puedo decir en voz alta.
Te cuento: yo estaba sola, pero no por completo. Tenía una cometa en forma de ave de colores cálidos, que se escondía en una esquina de mi armario. Pero ella estaba triste porque no podía volar y tenía que vivir atada al suelo. Justo como yo.
Yo le conté eso a mis amigos, y me dijeron que las cometas no hablaban. Mis padres respondieron que los objetos inanimados no tienen emociones y ese día me llevaron con un señor que tenía un bigote muy raro y gris. Desde entonces, me hicieron tragar unas pastillas que se deslizaban por mi garganta, y casi siempre se deshacían y sabían a azufre. Tampoco me gustaba tragarmelas porque las pastillas se ponían a llorar antes de que las tomara. Pero me dijeron que eso me haría sentir bien, así que ignoré sus gritos, quería sentirme como ellas en ese intervalo que iba desde el frasco hacia mi boca, antes de saber que se van a romper.
Y ellas me dieron igual, pero mi cometa seguía muy triste. Tanto que a veces dejaba de respirar. Por eso un día la saqué a pasear. Caminamos por el parque y el pasto se reía cuando lo pisaba, aunque la mayoría de las plantas se molestan cuando las tocas.
También el cielo se rio conmigo, y desenrollé mi cometa. Pero me susurró que me fuera a volar con ella, que el mundo de las personas era muy aburrido. No quería creerle pero ella insistió, me aseguró que nadie podía ver lo que yo veía, y que por eso decían en secreto esa palabra prohibida para mi. ¿Cual era? Ah, sí. Loca.
Me subí a su lomo solo porque si no lo hacía, se enojaría mucho. Tenía un caracter fuerte que no convenía explotar, porque te mordía con su pico filoso y su lengua áspera. Además, sus ojos negros te atravesaban con una barrera invisible y te hacían sentir mal.
Volabamos y pude rozar las nubes. Ellas también estaban felices, e incluso el sol pintó con nosotros un anaranjado combinado con azul, como el que pone cuando está feliz. Surcamos todo el cielo, sonriendo. Solo que había una nube muy molesta y circular, que se impregnó en mi nariz y parecía tener forma de tubo. Y luego de bigote, de barba y de lentes serios de ese señor que recetaba pastillas. Cambiaba muy rápido esa nube: fue una cama, una cortina y dos rostros de decepción que ya no recordaba a quienes pertenecían. Cerré los ojos y mi cometa se estrelló contra la copa de un árbol, pero no dejó de reírse. Entonces me sentí viva de verdad. Estaba realmente viva.
Aunque el doctor dijera lo contrario.
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