¡Creo que voy a empezar a romperme!

sábado, 10 de agosto de 2013

Diez


 


Escribiré algo para ti. 
Sin temor y sin pensar.
Un poema que no rima, 
porque tú eres así. 
 (¿O esa era yo?) 

   Siempre caminaste bordeando el mar. 
En cambio, yo navegaba a la deriva. 
Me perdí en el verde y creí nunca encontrarme. 
(Pero tú fuiste mi guía)

No tuve que ver el incendio 
para entender que quemas al mundo. 
No necesito tu sonrisa
para saber que eres especial. 
(O mejor aún: rara.)

Nueve veces te has caído, 
pero diez te has levantado. 
Puede que un poco más. 
(¿Cuántas de ellas has peleado?) 
 Diecisiete en total.

¿Qué te puedo decir? 
Palabras vanas y vacías, 
Pues finalmente, lo sabías 
y lo vas a hacer sangrar. 

(Consíderalo promesa) 
 Diecisiete metros más 
crecerá la enredadera 
entintando a los demás.

(Cambiaste tu mundo y el mío,
quizás no vayas tan mal)

No puedo huir de tus rendijas.
Siempre fui muy evidente;
quizás mañana no me veas 
o no me halles al volverte.

(Pero no te preocupes. 
Para mi, ya eres eterna)
 

 

martes, 25 de junio de 2013

Nuevo impacto

Ella flota entre los asientos del camión en movimiento como un ángel soberbio. Enérgico, violento, intoxicado, así se describe. Ella baila el compás imaginario de una balada improvisada, representada en brazos de la señora que sostiene su ukelele mientras canta a toda voz.
Miradas la perciben, haciéndola retroceder. Las llantas del camión rechinan mientras descienden la  calle en picada, y un anciano observa la escena mordiéndose los labios mientras ella cae, de espaldas, sobre el suelo. No debió usar falda en una micro, lo sabía.
Miradas aburridas la ignoran cuando ella se incorpora. Una sonrisa, sin embargo, le responde. Siente ganas de golpear, de anclar sus nudillos en aquel rostro conocido. Pero no lo hace, porque no es impulsiva.

—Te volviste a caer—señala la voz ronca, con una risa oculta entre los dientes, como cartuchos de bala entre una pistola cuyo seguro nunca ha sido retirado.
“Esta vez no” se miente ella, mientras extiende sus plumas detrás de su espalda. Duele cada una de ellas, pero no hace un solo gesto que lo demuestre. Sólo dobla ligeramente los párpados, palpando la especie de capa interior que la cubre.  Gira un poco recordando  a Octavio Paz,

Sólo es real la niebla.

Pero al bajar, se hace mentira. Sólo es real su caída, sólo son reales las ganas de tocar el ukelele, de ser el anciano, o el conductor; de no tener alas. Sólo son reales las ganas de correr otra vez. 

Correr a través de la calle para que él desaparezca. (O al menos, eso espera)  

lunes, 24 de junio de 2013

En el viento

Veo las alas de una mariposa. Atigradas, negras, rotas. Esparcidas por el suelo, cubiertas bajo la tierra. No entiendo nada. Una criatura tan frágil, ¿puede participar en algo tan irreal como la muerte?
¿Por qué?



Se ha caído, como tú. Ha dejado de volar.
¿Como no dudar, en un mundo tan frágil?
Como volar, en un mundo tan frágil.
Era imposible.

Otra mentira. Ya no sé cuantas van. He dejado de actuar hace unas horas, señalan las agujas del reloj. No dejan de girar. Tic, tac, tic, tac. Un compás desagradable. Tic, tac, tic, tac. El silencio insoportable.

Falta, falta. Faltan los acordes. La sangre corre, y no deja de correr. Sal, cruza, atraviesa la puerta. Al menos hará viento, eso decían las arpas. ¿Era falso también?

Nadie lo sabe. Y mucho menos tú,

tan aturdida por el chirrido agradable y lejano del arco de madera,
perdida entre las manos que te causaban ceguera

Buscando una grulla de papel verde, que nunca existió.

(Al igual que tú, quiere nacer) 


jueves, 16 de mayo de 2013

Antipoema

Si un cuerpo inerte no derrama cenizas, tampoco esto tiene
sentido.



Hace tanto tiempo que no escribo.
No sé a qué se debe.
Tal vez la flor marchita del olvido,
no sabe que se muere.

¿Cómo se llama algo que agoniza?
Lo bautizó la muerte.
El viento brinda la pálida ceniza
de un cuerpo inerte.

¿Si el olvido se muere, recuerdo?
  Eso solía creer yo antes.
Ahora, ya no sé en qué creer.

  (Cerré el poema.
 Porque si el olvido se muere, sí recuerdo.
Recuerdo que olvido todo el tiempo.
Recuerdo que me muero si no escribo.
Olvido que no le encuentro sentido)

  Si yo, definitivamente ya no escribo.

jueves, 25 de abril de 2013

Yellow (Eusker/ Esteban)


—¿Qué sabes tú de él?

Sé que muchas chicas se fijan en sus ojos azules y su cabello desordenado, pero la mayoría se aleja porque él no deja de hablar de teatro o herrería. Sé que tiene una cicatriz en el  alma, o al menos eso fue lo que dijo la anciana vidente en Aisimer. Sé que sus hombros y su espalda son flácidos y están cubiertos de lunares, aunque tiene un abdomen fuerte.  Su estatura apenas sobrepasa diez centímetros la mía, y aunque es delgado no tiene un cuerpo espectacular. Sé lo mucho que le brillan los ojos cuando habla de viajes o escenarios. Siempre se queda callado cuando hablo, una actitud que en otras personas me molesta especialmente, pero en él me resulta agradable. Es como si realmente me escuchara, pero no encontrara palabras para contestarme. Sé que cuando está cachondo respira precipitadamente, y cuando está enojado suelta el aire con la nariz. Él siempre me llama por mi nombre completo, agregándole una connotación a cada tono.  Sé que le cuesta trabajo expresar sus sentimientos, por lo cual lo demuestra a través de comentarios que pueden resultar hirientes en ocasiones. Sé cuándo le gusta una chica, y cuando está celoso (esto último casi nunca ocurre, pero esas contadas veces me hacen rabiar) Veo que protege mucho más a Mildred que a mí, algo que en principio me irritaba inexplicablemente, pues sé lo rápido que cambia de opinión y no me gustaría estar enamorada de él. Puedo quedarme hablando con él durante horas sin que abra la boca, y cuando lo hace, es para decir una frase corta y extrañamente reconfortante. Sé que jamás lo veré con algún color que no sea azul, o gris,  y que ni siquiera un calor asfixiante lo hará quitarse la bufanda. Cuando se enoja su actitud asusta un tanto. Me enoja mucho que rompa los objetos que están a su alrededor. Conozco lo molesto que se pone cuando se habla de injusticias políticas.
Siempre huele a metal, a vainilla, a la tela suave de su ropa, a café. Es una combinación inusual a la que extrañamente te acostumbras, incluso cuando lleva un ápice de sudor.

 También sé que la historia de su vida demuestra lo valiente que es por  haberlo soportarlo todo, y aun así querer salvar a medio mundo. Su nivel de impulsividad, de espontaneidad… me preocupa a veces. He sentido su pesar, y sin embargo siempre lo he visto sonreír.

Lo he visto tener miedo y no paralizarse, sentirse triste y sonreír. Siempre intenta hacer sentir mejor a los demás, aunque él no  esté bien del todo.  Cuando tengo miedo, él de pronto se vuelve valiente, y cuando no tengo ganas de reír, él me obliga.

(Y cuando sonríe, de pronto me vuelvo invencible)
Eso claro, no lo dije.
—En realidad, no mucho—respondí.

lunes, 8 de abril de 2013

Monólogo de la salvación

La ciudad es demasiado vertiginosa, ¿no lo crees? Demasiado ruido, demasiada contaminación. Siempre rojo el asfalto, cubierto de lluvia y el reflejo de los autos. Tantas llantas que no van a ningún lado...
 Mientras tú haces acopio de todas tus conclusiones, tratando de hallar una sola con sentido. No es tiempo lo que te falta, si no tranquilidad. Se trata de tirar el ansiolítico por el lavabo y el libro de autoayuda por la ventana, para que te des cuenta de que cuando dejes de usarlos, seguirás igual que antes.
Que siempre que regreses a la ciudad seguirás igual que antes.
Y no intentes buscar respuestas en internet. No, no sirve de nada la yoga, ni la dieta ni el gimnasio. Tu psicólogo no te va a ayudar a hacer ejercicios de respiración. El budismo no te va a salvar del dolor. Y mucho menos ese disco de los Bee Gees.
Porque solo tú puedes salvarte a ti mismo. En el fondo, lo sabes. Pero no quieres hacerlo.
De hecho, tampoco tiene nada de malo.
Hasta que te das cuenta de que si te escudas bajo la misma excusa de siempre "Ha sido un mal día" nada te garantiza que al final no terminarás diciendo "Ha sido una mala vida"
Por eso, para salvarte a ti mismo, olvidate de salvarte.
Antes de que pases toda tu vida creyendo que podrías solucionarla, como si fuera un problema.
Si es un problema, solo el fin del problema supone la salvación. Y no creo que quieras eso.
No, no. Tú pierde el tiempo y no sufras al hacerlo, porque si no lo haces en realidad lo habrás ganado. Como cuando el final de esta entrada se descontrola. Reparas en que no importa.
El caso es escribir, que si no lo haces te sientes vacía. ¿Qué más da si es bueno o malo?
Vive y te darás cuenta de que el mejor consejo filosófico que podrás recibir jamás vendrá de una suricata animada y un jabalí de una película para niños.
(Hakuna Matata)
Qué más da.
Suelto un YOLO de una vez.
Carpe Diem.
Me vale madres.
Filosofía pura, ah.

viernes, 22 de marzo de 2013

Preludio

¿A qué sabe la libertad?
A menta, tal vez. Sabe a primavera, al rocío inexplicable que se esconde entre el pasto. A las nubes alejadas que no saben que tienen forma y provocan risa. A las expediciones que hacías al mar con tu familia cuando eras adolescente, cuando no te gustaba ir y ahora es un recuerdo que conservas en una fotografía porque en el fondo la pasabas bien. Huele a vainilla todavía y ya no duele saber que terminó, porque basta retroceder para darte cuenta de que no fue ningún error. A las hojas secas que el otoño heredó a las demás estaciones.  En ocasiones, también es salada, cuando lloras y el sabor de las lágrimas se queda en tus labios. Porque puedes llorar, porque estás triste y eso significa que también puedes sentir. Y sobre todo, significa que estás vivo.
Y no te molesta mirar atrás.